La Ética Cristiana, al igual que cualquier sistema ético, se construye alrededor de una o más virtudes.
En el caso del Cristianismo, las virtudes, convencionalmente, han sido enumeradas como siete.
Estas siete virtudes consisten de cuatro virtudes “naturales”, las cuales eran conocidas para el mundo pagano de la antigüedad, y las tres virtudes “teológicas”, las cuales fueron prescritas específicamente en el Cristianismo.
Las virtudes naturales pueden adquirirse a través de los esfuerzos humanos, pero las teológicas surgen como dones especiales de Dios.
Las virtudes naturales son la prudencia, la templanza, el valor, y la justicia.
Se dice que esta lista data desde los tiempos de Sócrates y que realmente se encuentra en Platón y Aristóteles. Los moralistas cristianos como Agustín y Tomás de Aquino hallaron razonable esta lista.
A estas cuatro virtudes, el Cristianismo añadió las tres virtudes teológicas,
La fe, la esperanza y el amor ("Caridad").
Estas tres originalmente fueron introducidas por Pablo, quien no solamente distinguió a las mismas como virtudes específicamente cristianas, sino que individualizó el amor como la principal entre estas tres:
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza, y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Cor. 13: 13).
De esta forma, el amor en el Cristianismo se convierte en el patrón de reglamentación, y cuando existe un conflicto de deberes, debe dársele prioridad al amor.
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